9 de enero de 1985. Cierto temor se respiraba en los días anteriores a este encuentro. Los béticos navegaban por la parte baja de la Tabla, perdiendo muchos puntos en casa. El partido de ida se había perdido en el Sánchez-Pizjuán por 1-0, gracias a un remate fortuito de cabeza de Magdaleno, mientras que en la Liga también nos ganaron, en aquella ocasión por 1-2. Aquellos encuentros fueron de mala suerte, pues los béticos fueron muy superiores en el terreno de juego, pero el Sevilla, utilizando bien la táctica del contragolpe a "contrapié", impregnada por Manolo Cardo, les daba resultados. No obstante se hablaba mucho de lo que pudiese suceder. Mis amigos de la edad del momento (yo tenía 16 años), los sevillistas, apostaban claro porque ellos iban de nuevo a pasar, trasluciendo una sonrisa picaresca y cierto aire de prepotencia.
Pero no fue así. En aquella humeda y fría noche, en nuestra Caja de Herramientas, el Betis nos iba a brindar, no sólo ese juego característico de aquel entonces, sino también un resultado, una merecida paliza propinada a esa canallesca sombra llamada Sevilla FC, a la que se le iba a acabar la suerte. Un 3 a 0 inapelable. ¿Y ahora, qué ?
Recuerdo aún a la perfección el golazo de Calderón a Buyo, por toda la escuadra. También el trabajo de hombres como Parra, Suárez, Mantilla -en la imagen a la derecha de Ortega-. Pero en mi opinión, aquella victoria conseguida de esa forma, con poderío, entrega y arte, no debe significar sólo la esencia; el paradigma está en que aquel Betis de los 80, nos regaló todo éso para los béticos. Por supuesto, fue un momento que quedó grabado en nuestro transcurrir. La perspectiva histórica nos puede ofrecer muchas lecturas, traduciéndose alguna de ellas en que nuestro eterno rival recibió su merecido en aquella década.Desde aquel partido,hace 25 años,no repetimos ésto en casa.
Y todo el Estadio, al unisono, a aquello de: "¡ Un bote, dos botes, sevillista el que no bote!" Qué bonito. Más bonito fue para mi el venirme andando por la Palmera, ondeando mi banderita de palito astillado, con la ilusión de la edad y de haber presenciado un momento, para mí, de los mejores que vivi.